La UE juega su partido más importante entre el europeísmo clásico y un ‘gol por la escuadra’ de la ultraderecha

Cultura

¿Qué pensarían Schuman, Monnet, Delors, Veil, De Gasperi, Spinelli, Corradi, Marín o Sassoli si vieran la Unión Europea de hoy? Todos ellos, en diferentes épocas, han sido decisivos en el arranque o el desarrollo de un proyecto europeo que ha llegado a un punto de inflexión. A un reinicio que tiene su casilla de salida este 9 de junio, con unas elecciones europeas que servirán para elegir entre dos caminos; entre dos modelos. El statu quo ya no vale y la apuesta parece simple en cuanto a la teoría: más integración europea o más poder en manos de los países miembros. Las urnas dictarán sentencia, 380 millones de votos mediante (en toda la UE), para los próximos cinco años.

Y los comicios son una ‘batalla’ entre el europeísmo clásico, que ya no puede ser inamovible, y el auge de una ultraderecha en buena salud que aspira a agitar la Unión desde su propia estructura y desintegrarla en el sentido de que sean los gobiernos los que tengan la voz que más se oiga. Son el agua y el aceite. Más Europa o menos Europa parece ser la dicotomía en un paso por las urnas que es “fundamental”, tal como vienen avisando desde el Parlamento Europeo. “La democracia es un derecho, pero también una responsabilidad”, avisa su portavoz y director de comunicación, Jaume Duch, en una llamada a la participación masiva para, al menos, igualar el dato de afluencia de 2019: en torno a un 51%.

Ahora, en el terreno de juego hay jugadores de todo tipo, y parece inclinado hacia un aumento considerable de la derecha radical. El esquema con el que saldrán los partidos, los grupos políticos, al campo, está más claro en unos que en otros. El Partido Popular Europeo (PPE) es el ‘rey’ de la competición. Siempre ha sido la familia política mayoritaria en la Eurocámara, y seguirá siéndolo tras el 9-J, pero dependiendo de qué voz sea la que dirige el cotarro puede elegir un camino u otro. Es un vestuario dividido el de los conservadores tradicionales: pacto con la ultraderecha sí, pacto con la ultraderecha no.

El libreto del PPE es conocido. Llevan siendo el grupo más grande desde que se celebraron las primeras elecciones europeas, en 1979, y abogan por un europeísmo moderado, que combina integración y poder en manos de los Estados al mismo tiempo; pero ese carril central ya no parece ser viable. Sus ejes fundamentales son la Defensa, el impulso a la industria, una reforma de la PAC para poner al sector del campo en primera fila y una posición favorable a la ampliación, pero desde la exigencia. Eso sí, no es una familia uniforme: en sus filas hay posiciones más cercanas a la derecha radical (Forza Italia) y otras mucho más centristas, como las del PSD portugués.

Unos escalones por debajo están los socialdemócratas (S&D). Aspiran a seguir siendo segundos en la Eurocámara, algo que parece seguro. El pilar social es clave en su programa, y quieren que la inversión en industria de la Defensa no se dé en detrimento del impulso al Pacto Verde. El feminismo o la lucha contra la pobreza copan buena parte de su discurso. Forman la otra pata de la ‘gran coalición’ que ha gobernado la UE en las últimas décadas… pero avisan de que un acercamiento del PPE a la ultraderecha puede romper ese matrimonio hasta ahora bastante bien avenido en el Parlamento Europeo.

Los liberales (Renew) y los verdes (Greens/EFA) son esos grupos políticos revulsivos que salvan los partidos cuando las piernas a otros les pesan. Los ‘actores secundarios’ de los grandes pactos. Los primeros quieren erigirse como defensores del Estado de Derecho, y llaman a una ampliación de la UE que “se tome en serio” tanto para los Balcanes como para Ucrania y Moldavia. Los sondeos no son optimistas para ellos, pero quieren seguir teniendo una parte de la llave. La otra es para los ecologistas, que unen la política climática con el crecimiento económico, aunque asumen a la vez que la Unión se la juega desde el punto de vista defensivo e industrial. Se sumarán, salvo sorpresa, a muchos de los acuerdos amplios que se puedan alcanzar.

Con los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) y con Identidad y Democracia (ID) la cosa está clara: pueden ser (y casi con total seguridad serán) las sorpresas de la competición. El sprint hacia portería lleva a que las dos familias coqueteen con formar un ‘supergrupo’ en la próxima legislatura, y las encuestas les son favorables. Ahora, la suma no es sencilla: ECR es pro Ucrania y pro OTAN, un socio aceptable para buena parte del PPE. No pasa lo mismo con ID, que tiene una hemeroteca traicionera por sus filias con Vladimir Putin y hacen una apuesta más rupturista respecto a la Unión. Son el euroescepticismo duro, que no hace tantos años fue incluso eurofobia. Aún así, su presumible auge les convierte en jugadores decisivos para el mapa final.

Fuera de la convocatoria se queda ya la Izquierda (The Left), que va a menos y con la que puede que sus goles no tengan relevancia para el mapa político final. Se quedarán como el grupo minoritario y habrá que ver incluso si su espacio se reestructura. Sumarán por ejemplo a los eurodiputados de Sumar que no vayan a los Verdes, pero están desmarcados de los acuerdos más amplios. Pero es que además el mercado de fichajes está abierto. ¿Qué pasará con los eurodiputados de Fidesz, el partido de Viktor Orbán? Pueden reforzar al equipo de la derecha radical de manera definitoria. Si nada cambia, sus planteamientos parecen más cerca de ID que de ECR, pese a su buena relación con Fratelli o con Vox.

¿Cómo será el nuevo Parlamento Europeo?

El próximo Parlamento Europeo será más grande. Se redujo el número de eurodiputados de 750 (el máximo permitido en los Tratados) a 705 tras la salida del Reino Unido de la UE, y ahora la Eurocámara pasará a tener 720 asientos. Así, habrá Estados miembros que vean incrementado su volumen de diputados, entre ellos España, que pasará de tener 59 asientos a un total de 61 para los próximos cinco años.

El número de eurodiputados elegidos por cada país de la UE se acuerda antes de cada elección y se basa en el principio de “proporcionalidad decreciente”, según el cual cada eurodiputado de un país grande representa a más personas que un eurodiputado de un país pequeño. El número mínimo de eurodiputados por país es de seis y el máximo de 96.

Esto es lo que pasa tras las elecciones

Después de las elecciones llegará el momento de los pactos. En esto se dan tres opciones para la ‘clasificación’ final: una reedición del acuerdo PPE, S&D, liberales y verdes es lo más probable, incluso pese a los amagos de los populares de aceptar un pacto con ECR. Eso, que en realidad depende de la fuerza que tenga la ultraderecha, no excluye que en las votaciones concretas se abra un segundo escenario con un Parlamento Europeo roto en un eje izquierda-derecha. De un lado estaría S&D, liberales, verdes y una parte de la Izquierda; del otro el PPE, ECR, ID y quizá los jugadores que sumen desde los No Inscritos. Menos probable numérica e ideológicamente será un acuerdo de legislatura entre los populares y los dos grupos de derecha radical. ECR entra en la ecuación para el PPE, pero ID no, así que ahí los números nunca darían.

También estará sobre la mesa la elección de los altos cargos. En cuanto a la Comisión Europea lo normal es que después del 9-J se repita el camino para que Ursula von der Leyen siga al frente de la institución, aunque sus guiños a la derecha radical, sobre todo a Meloni, hace que otros grupos ya manejen alternativas, como la del ex primer ministro italiano Mario Draghi. De todos modos, la alemana sigue teniendo ventaja en esa subida por la banda hacia el Berlaymont. En el Parlamento Europeo parece todo listo para que siga Roberta Metsola, y los cargos que sí se renovarán serán la presidencia del Consejo Europeo, con el nombre de Antonio Costa como favorito, y el Alto Representante, donde suena con fuerza la primera ministra estonia, Kaja Kallas, en un claro abrazo a los Bálticos frente a Rusia.

Con todo, el aviso no puede ser más claro: está en juego la democracia y por eso un espacio importante en el partido lo tendrá también el árbitro, el Parlamento Europeo como institución, que pone el foco en la lucha contra la desinformación, más si cabe durante la jornada electoral. “Las elecciones europeas son el buque insignia de la democracia europea”, recuerdan desde la Eurocámara, y eso genera también riesgos. Como documenta, por ejemplo, el Observatorio Europeo de Medios Digitales, agentes de la desinformación de dentro y fuera de la UE “tratan de socavar la integridad del proceso electoral, la confianza en los procesos democráticos en general y siembran la división y la polarización en nuestras sociedades”. Según el Eurobarómetro, el 81% de los ciudadanos de la Unión está de acuerdo en que las noticias o informaciones que tergiversan la realidad o son falsas constituyen un problema para la democracia.

Las elecciones europeas en España

España ha asumido una campaña muy marcada, en los debates y en las propuestas, por los asuntos patrios: amnistía, caso Koldo o la opción de que estos comicios sean una segunda vuelta de las elecciones generales del pasado 23-J, un plebiscito entre Pedro Sánchez y Alberto Nuñez Feijóo. Con todo, el país vota el 9 de junio y elige 61 eurodiputados, con 38.087.379 electores desde los 18 años, sin voto obligatorio y que podrán elegir entre 34 listas. En el año 2019 ganó las elecciones el PSOE, con una participación total de un 60,73%.

Fuente: 20 minutos