La deriva moral de Israel: cómo el realismo dejó paso al extremismo que ha destruido Gaza

Redacción

No ha pasado tanto tiempo, pero visto lo sucedido en Gaza en los últimos seis meses, parece una vida entera. Hace solo 18 años, en plena Segunda Intifada, Israel mató al jefe militar de Hamás, Salah Shehade, lanzando una bomba de una tonelada sobre su casa en Ciudad de Gaza. En el ataque fueron asesinados también 14 civiles, incluidos siete niños, y una veintena de viviendas resultaron dañadas o destruidas. Lejos de celebrar el golpe militar, buena parte de la sociedad israelí reaccionó escandalizada. Hubo demandas en los tribunales y hasta una comisión de investigación que atribuyó las víctimas civiles a un “error de la inteligencia” y concluyó que, de haberse sabido que había inocentes en el edificio, el bombardeo no hubiera sido autorizado.

De ahí al momento actual. Más de 30.000 muertos en Gaza, casi la mitad niños. Destrucción masiva. Hambruna deliberada. ¿La reacción en Israel? Indiferencia generalizada. Soldados que celebran la detonación de barrios enteros con vídeos en las redes. Un presidente, Isaac Herzog, que afirma sin despeinarse que no hay inocentes en Gaza. Y un ejército, “el más moral del mundo”, que autoriza como “daño colateral” víctimas civiles en un rango de tres dígitos a cambio de un brigadier general de Hamás, poco más que un coronel. La pregunta es cómo se ha llegado hasta ahí. ¿Cuándo se jodío Israel, que escribiría Vargas Llosa? Algunos dirán que es una reacción propia del trauma y el miedo visceral que dejó la matanza de Hamás del 7 de octubre. Pero sería una respuesta perezosa. El 7 de octubre es más bien un factor multiplicador de una serie de patrones, conductas y perversiones ideológicas que a ojos de algunos israelíes están destruyendo el país y poniendo seriamente en peligro la viabilidad futura del Estado judío.

“Para mí la respuesta se reduce a una palabra, la ocupación [de los territorios palestinos, iniciada en 1967], que ha corrompido hasta la médula a la sociedad israelí”, asegura Yehuda Shaul, activista de los derechos humanos y cofundador de Breaking The Silence, una organización de exmilitares que denuncia los abusos del Ejército en los territorios ocupados. “No solo ha conducido a la deshumanización de los palestinos, sino a una lógica de violencia incremental como medio para mantener la ocupación. La única forma de gobernar a un pueblo contra su voluntad y sin darle derechos es haciendo que te teman. Cada vez que se acostumbran a ese nivel de miedo y vuelven a rebelarse, tienes que incrementarlo. Y así indefinidamente. Es como una adicción”.

Los fantasmas de 1948

Otros consideran que el pecado original es anterior. “Las raíces están en 1948, ahí empezó el proceso de degeneración nacional”, asegura el historiador y exconcejal de Jerusalén, Meir Margalit. Margalit alude a los “crímenes contra la humanidad” cometidos por las tropas de la Haganá durante la primera guerra árabe-israelí que siguió a la declaración de Independencia de Israel. Los asesinatos de civiles y prisioneros de guerra; la expulsión de 700.000 palestinos para crear un mayoría judía en el nuevo Estado o la demolición de más de 500 pueblos árabes para borrar su memoria. “La diferencia es que en aquellas primeras décadas la gente tenía un poco de remordimiento y vergüenza. Ahora ya no existe. Se ha construido una narrativa para demonizar al otro y justificar la matanza. Es el reflejo del proceso de bestialización de los últimos años”.

El trauma del Holocausto es importante. No solo está vivo, sino que se utiliza abiertamente con fines políticos, como se vio en las reacciones al 7 de octubre, la jornada más sangrienta –casi 1.200 muertos– en la historia de un Estado que nació como refugio frente a la persecución secular de los judíos. La retórica inicial de los países árabes llamando al exterminio, por débiles que fueran militarmente, ayudó a perpetuar aquellos miedos. “Sufrimos una paranoia y una esquizofrenia aguda”, sostiene Margalit. “Tenemos el ejército más poderoso de la región, pero vivimos con más miedo que cualquiera. Todos son enemigos y todos quieren aniquilarnos”.

El muro que acabó con el contacto humano

La mayoría de israelíes no saben qué pasa en los territorios ocupados, por más que algunos hayan servido en Hebrón o Nablus. Desde que Ariel Sharon iniciara la construcción del Muro de Separación en 2004, está prohibido para los israelíes entrar en Cisjordania. Y en las conversaciones hoy sobre el conflicto tienden a otorgarle una importancia residual a la ocupación, cuando es el ‘leit motiv’ de la resistencia palestina. “Los israelíes no saben y no quieren saber qué pasa al otro lado”, afirma el politólogo Moshe Amirav, asesor de Ehud Barak en los procesos de paz de hace dos décadas. “Ven las cosas en blanco y negro, a pesar de que muchos líderes palestinos quisieron hacer la paz con nosotros. Arafat fue uno de ellos”.

El fatalismo y la falta de esperanza se ha impuesto en ambos pueblos. La propaganda israelí lleva años repitiendo que no hay socios para la paz en el otro bando. Lo que ha contribuido a la práctica desaparición de la izquierda, incluso el laborismo moderado. Voces como las de este reportaje son hoy marginales. Las ideas de la derecha expansionista y la extrema derecha mesiánica lo han copado todo en Israel. Partidos descritos como fascistas han entrado en el Gobierno. Y con todos ellos no deja de esparcirse como el fuego el supremacismo judío y un racismo extendido hacia los árabes. “El drama es que no hay ninguna personalidad actualmente en la política israelí que pueda contrarrestarlo. No hay futuro para un país con esas características”, dice Margalit abatido.

Impunidad internacional

Hace 20 años solo la derecha radical hablaba de anexionarse los territorios ocupados o de expulsar a la población indígena palestina. El resto, simplemente no lo consideraba realista. Pero hoy ambas ideas son parte del ‘mainstream’ político. El nuevo realismo. “Cómo no hay socios para defender el apartheid en los territorios y el supremacismo judío, ¿qué haces? Sacas la carta del antisemitismo, cada vez más importante como herramienta para silenciar la crítica legítima a Israel”, dice Shaul, judío ortodoxo y hoy codirector del Israeli Center For Public Affairs (Ofek).

Esta deriva, sin embargo, no hubiera sido posible si Israel no hubiera disfrutado de total impunidad en la esfera internacional. Nada más que palabras puntuales de reprimenda, nunca costes tangibles. “La bestia ha ido creciendo porque cada vez que se ha cruzado una línea roja nada ha sucedido. No se paga ningún precio, no hay rendición de cuentas. Y así vas perdiendo la ética hasta llegar adonde estamos: en pleno proceso para borrar Gaza de la faz de la tierra”, asegura Yehuda Shaul.

 

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