El improbable origen del cajero automático: gracias a las chocolatinas y funcionaba con tarjetas radioactivas

El improbable origen del cajero automático: gracias a las chocolatinas y funcionaba con tarjetas radioactivas

Redacción

Cuando pensamos en objetos y dispositivos cotidianos, muchas veces no conocemos la historia de origen de los mismos, y algunos tienen unos orígenes de lo más curioso. Un ejemplo fue el primer ratón de ordenador, de madera y con ruedas metálicas, pero también algo tan cotidiano como la webcam. Actualmente, la usamos continuamente en reuniones, pero se inventó hace 30 años para vigilar una cafetera. Lo mismo ocurre con la invención de los cajeros automáticos, máquinas que aparecieron hace unos 60 años y que pronto podrían desaparecer debido a los teléfonos móviles.

Y hay que agradecer la existencia de los cajeros automáticos al chocolate.

Chocolate. Hasta la invención de los cajeros automáticos, si tenías dinero en el banco y te quedabas sin efectivo, la solución era acudir en horario comercial a tu sucursal y sacar dinero. El problema era si te quedabas sin efectivo cuando el banco estaba cerrado. Eso es lo que se preguntó John Shepherd-Barron, un inventor británico que estaba en el baño cuando se le iluminó la bombilla.

“Se me ocurrió que debía haber una manera de obtener mi dinero en cualquier parte del mundo o de Reino Unido. Entonces, me vino a la mente un dispensador de barras de chocolate, pero reemplazando el chocolate por dinero en efectivo”.

Un pelotazo para Barclays. Barron era miembro del equipo de ingeniería de la empresa De La Rue, una compañía británica que empezó haciendo sombreros, pero que en 1860 consiguió un contrato para imprimir dinero. Barron presentó la idea tanto a su empresa como a Barclays y, el 27 de junio del 67, el banco puso en funcionamiento el primer cajero automático del mundo en Enfield, al norte de Londres. ¿Cuánto te dejaba retirar? 10 libras por vez.

El primer cajero, pero por poco. Como siempre ocurre con estas cosas, hay algo de controversia. Parece que, en 1966, en Japón existía una máquina de préstamos que ofrecía efectivo en forma de préstamo con unos intereses del 5% y un funcionamiento mediante tarjetas, pero no se sabe mucho de ella, por lo que se considera la máquina de Barron como la primera. Y por los pelos, ya que las cajas de ahorro suecas lanzaron algo parecido nueve días después y el British Westminster Bank también tenía algo en el horno.

La meteórica adopción del sistema. Tras esa primera máquina, otros bancos empezaron a preparar sus alternativas. Tanto los diseños de De La Rue como los de los suecos empezaron a florecer y el Banco de Escocia estrenó cajeros en 1968. Un año después aparecieron en Sydney y en España, de la mano de Banesto en este caso. Y había límites, claro: en el caso del cajero fabricado por Chubb en Sydney, la máquina sólo dispensaba 25 dólares a la vez. En el caso de Banesto, billetes de 1.000 pesetas y de uno a cinco como máximo. En otros países, como Alemania, el límite era de 400 marcos al día.

Mete la tarjeta, ya te la devolverán. Ahora bien, no pienses que hace 57 años el sistema era tan automático e instantáneo como lo es ahora. Estos cajeros prehistóricos ya funcionaban con tarjetas, pero cada banco tenía sus propias herramientas de verificación. El caso del banco de Sydney es extremadamente curioso porque sí, te dejaba retirar 25 dólares, pero la tarjeta se la quedaba el cajero. Cuando el banco confirmaba la operación y procesaba el retiro en su sistema contable, la tarjeta se mandaba por correo al usuario. Muy práctico no era, la verdad.

Cheques radioactivos. Otros cajeros tenían sistemas distintos, algunos más avanzados y otros menos, pero suficientes para funcionar debidamente. En Alemania Occidental, el banco Kreissparkasse Tübingen tenía un cajero bastante arcaico: seleccionó a 1.000 usuarios a los que entregó una llave de la caja fuerte, una tarjeta de identificación y diez tarjetas perforadas. Una tarjeta servía como comprobante de la retirada de 100 marcos.

La máquina de Barron era algo más avanzada. Para activarla, el usuario debía introducir una especie de cheque marcado con carbono 14. El cajero lo lo leía , lo comprobaba con un número PIN y permitía retirar el dinero. El carbono 14 es ligeramente radioactivo, pero Barron aseguró en la BBC que no había ningún problema:

Tendrías que comer 136.000 cheques para que la radiación tuviera algún efecto en tu cuerpo“.

El vídeo superior es el reportaje que la televisión pública australiana realizó en su día para mostrar el funcionamiento del cajero automático.

PIN. En la misma entrevista, Barron también cuenta la anécdota de la creación del PIN de cuatro cifras, algo que hoy es estándar no sólo en las tarjetas de crédito y débito, sino en los pagos a través de internet y hasta para desbloquear el móvil o el PC. Barron creyó buena idea establecer un PIN de seis cifras, ya que eran las que tenía su identificación en el servicio militar. Cuando lo cotejó con su mujer y ella afirmó que sólo podía recordar cuatro cifras, consideró que ese era el número adecuado. “Gracias a ella, cuatro cifras se convirtieron en el estándar mundial“.

Seguros, pero. Básicamente, aunque mucho más tecnológicos, los cajeros actuales son exactamente iguales que los antiguos. Se trata de cajas fuertes que cotejan unos datos, confirman que somos nosotros y permiten conseguir dinero en el momento. Ahora bien, en todas las generaciones han tenido fallos y han sido expuestos a los criminales. Una de las máquinas de Zurich empezó a fallar hasta que se descubrió que los cables del tranvía interferían en el mecanismo, y otras fueron vandalizadas rápidamente.

En la actualidad, hay robos a la fuerza, pero también sistemas como cambios de teclado o lectores de tarjetas faltos que los delincuentes realizan para robarnos las credenciales de acceso y hasta para clonar las tarjetas.

¿Y cuando no usemos efectivo? La entrevista de la BBC a Barron se produjo en 2007 y el inventor afirmó que “transportar dinero cuesta dinero. Predigo la desaparición del efectivo de aquí a tres o cinco años“. 17 años después, el efectivo sigue siendo importante, pero es cierto que ya hay personas que van (vamos) sin dinero por la calle. Incluso sin tarjeta. El móvil y el smartwatch se han convertido en una forma de pago aceptada a nivel mundial y los cajeros corren el peligro de desaparecer.

Cumplieron su papel durante décadas, pero han sabido reinventarse. Según datos de WorldBank (algo desfasados), la cantidad de cajeros a nivel mundial llegó a un pico de 41 por cada 100.000 habitantes en 2020 para empezar a caer en 2021 a 39 por cada 100.000. Esto puede deberse a cuestiones demográficas, pero también a la retirada de los mismos poco a poco.

Actualmente, mucho de lo que podemos hacer en un cajero (transferencias o consultas en la cuenta) se puede hacer desde el móvil, pero aún hay acciones como el ingreso de efectivo en nuestra cuenta o la actualización de la cartilla que se deben hacer de forma física en el banco o en un cajero. Veremos cuando conceptos como “cartilla” se queden desfasados qué ocurre con estas máquinas que, tras más de medio siglo, todavía siguen operativas pese a los enormes avances de la banca digital.

Tres años después de la curiosa entrevista, Barron falleció a la edad de 84 años, con unos cajeros automáticos que, en 2010, seguían siendo el estándar para realizar millones de operaciones a nivel mundial.

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La noticia

El improbable origen del cajero automático: gracias a las chocolatinas y funcionaba con tarjetas radioactivas

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por
Alejandro Alcolea

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