A 40 años de la muerte de Osvaldo Pacheco: de la censura de la dictadura por ser gay al mito de su fantasma

A 40 años de la muerte de Osvaldo Pacheco: de la censura de la dictadura por ser gay al mito de su fantasma

La temporada teatral estaba por terminar. A fines de febrero ya quedaba poco gente en los lugares turísticos. Villa Carlos Paz no era la excepción. Ese 27 de febrero de 1984, Osvaldo Pacheco llegó al teatro Coral a la hora de siempre, con bastante antelación para preparar el personaje que interpretaba en la comedia Siete y Cuatro que encabezaba Moria Casán. No se sentía bien pero no dijo nada. El show debe seguir. Estaba acostumbrado a vaivenes físicos y emocionales. Muchos de sus compañeros le preguntaron qué le pasaba. Hasta que se desvaneció. Cuando llegó la ambulancia el actor todavía no había respondido. Era un shock diabético severo. Lo trasladaron al hospital con urgencia. Unas horas después, el 28 de febrero por la tarde, murió tras una nueva crisis. Tenía 52 años y una larga carrera en radio, teatro y televisión.

Al día siguiente, los diarios le dedicaron largas necrológicas. Clarín y Crónica llevaron la noticia a tapa. Hubo informes en los noticieros televisivos y programas de la tarde, el testimonio de varios compañeros, las palabras sentidas de su amiga Tita Merello y pasaron algunos pocos tapes que se conservaban de sus intervenciones de las últimas dos décadas. Lo de siempre, el recuerdo generoso (y hasta piadoso) del artista que acaba de morir, siempre –casi por obligación del género- el elogio algo pomposo e inflado.

Hasta que en los primeros días de marzo apareció en los kioscos la edición mensual de la revista Satiricón. La tapa era impactante: la cabeza boca abajo de un hombre dentro del agua, sin poder respirar, y la leyenda: Si no compra este número, le hacemos el submarino.

La tapa del número de marzo de 1984 de la revista Satiricón, ya en su tercera etapa y tratando de pelear el mercado a la imbatible revista Humor.

Abajo con letra pequeña una larga y amontonado enumeración de los temas de esa edición. Cacciatore, Firmenich, Isabel, Astiz, más torturas y el anuncio de un suplemento gay largo, gordito y carnosos para que nadie se quede con ganas. En el medio hablaba de la muerte del actor. Necrológicas: Murió Osvaldo Pacheco. Hizo Bien.

La necrológica del escándalo

En el interior, en el suplementos de espectáculos (Espectaculón, en el que antes del golpe del 76, en la segunda etapa de la revista, Dante Panzeri escribió críticas de películas de Bergman, de la ópera rock Tommy de The Who y un elogio a Piazzolla, entre otras piezas no deportivas pero memorables), le dedicaron una página entera. El título: Pachequito, te fuiste… Y bueno. Hiciste bien. Nadie puede pensar que ese Pachequito, ese diminutivo, tuvo algo de cariñoso o una referencia a cómo algunos llamaban al actor. Fue un gesto despectivo de la mayor obviedad

Después sigue una página injuriante, el obituario más cruel de la historia.

Este último gesto tuyo de abandonar la farándula para siempre fue, tal vez, la elección más acertada de tu vida. (…) Ciertamente con Osvaldo desapareció un personaje que fue depositario de nuestro más absoluto desprecio, candidato reiterado de nuestras críticas más indignadas y mejor merecidas. No se trató de algo personal, porque por más que lo intentamos nunca alcanzamos a ver dónde estaba Pacheco como persona.

Ese era el primer párrafo. Sirve como muestra. Después siguen otras descalificaciones: actor de cuarta; agente de polución desde el tablado o la pantalla chica; Pachequito se fue y, en su caso, también nos gana la tristeza de sentir que una cosa horrible que siempre estuvo allí, como el Obelisco, un día ya no está más.

No bastó con eso. Lo más condenable es la homofobia rampante del texto. Lo trata de Viejo Pulastro (expresión que aunque el que la escucha no sepa a qué se refiera, sabe que es injuriante): “Lo escuchamos mentir en centenares de reportajes donde falseaba su realidad de viejo pulastro diciendo, por ejemplo, que su amor por el teatro le impedía casarse”. Después se reía de sus mohínes, de su boca, del peinado. Cualquier cosa era motivo para dudar de su virilidad y, por ende, de sus condiciones personales . Y termina calificando su estilo como pseudo humorismo amariconado.

Osvaldo Pacheco
El cruel obituario sin firma que le dedicó la revista Satiricón a Osvaldo Pacheco

La nota provocó revuelo entre sus lectores, fue comentada con azoramiento en algunas radios (la televisión no hablaba de estas cosas) y hasta se dice que generó conmoción interna en la redacción de Satiricón.

Se desconoce quién fue el autor del impiadoso obituario. No llevaba firma. Algunos afirman que fue Jorge Guinzburg, que él se los reconoció muchos años después. Otros tantos dicen que Guinzburg que era el Director Creativo y Carlos Abrevaya, el Jefe de Redacción, se alejaron después de este número en desacuerdo con esa página. La revista era dirigida por Oskar Blotta hijo y la sección por Marcelo Moreno. Dos de los que escribían en Espectaculón eran Roberto Pettinato y Miguel Gruskoin.

Hace un tiempo en Twitter dijo que el autor había sido Carlos Ulanovsky. Imposible por varios motivos. Ulanovsky no trabajaba en esta versión de Satiricón (en ese tiempo recién regresado del exilio estaba en otra revista satírica: Feriado Nacional). Pero principalmente porque por más crítico que pudo haber sido en su larga trayectoria analizando el medio televisivo (fue, tal vez, el primer especialista local y uno de los más rigurosos) del tipo de humor que hacía Pacheco o de las elecciones sin riesgo, nunca firmó un texto homofóbico ni impiadoso. La confusión viene porque en el número 15 de la revista, de 1974 –una década antes- Ulanovsky firma una nota muy crítica sobre el estilo actoral de Pacheco. Pero sin injuriar ni asomarse a su vida privada. Otros dos grandes diferencias: Pacheco estaba vivo y en el pico de su fama.

Aires de Primavera Alfonsinista

Para entender el contexto de la publicación del obituario se debe recordar que eran los primeros meses de la Primavera Alfonsinista, el regreso democracia y la falta absoluta de censura eran demasiados nuevos después de casi nueve años en los que las tijeras de los censores se habían impuesto (la clausura de Satiricón había sido bajo el gobierno peronista de Isabel). Cuando la revista renació el ambiente era distinto y también el mercado. La revista Humor triunfaba desde hacía años. Vendía cientos de miles de ejemplares por semana. Parecía invencible y parecía haberse quedado con los viejos lectores de Satiricón mientras cambiaba su estilo de a poco. Humor no se trataba sólo de humoristas y parodia. Había investigaciones, columnas de opinión, posicionamiento político, las largas entrevistas de Mona Moncalvillo, críticas literarias y cinematográficas, las Páginas de Gloria.

Mientras buscaba lectores y empujaba límites, Satiricón había hablado en la portada del número anterior, el de febrero de 1984, de El Show de los N.N y en este había acudido a la imagen de la tortura. La Conadep, en esos días, estaba recibiendo las denuncias de las víctimas y los familiares de los desaparecidos, en las revistas de actualidad aparecían por primera vez pormenorizados relatos del horror de los centros clandestinos de detención y los noticieros de TV se regodeaban con la aparición de cadáveres NN. El mes anterior la revista El Porteño, también en tapa, había hablado de El Show del Horror.

La historia del cómico

Pacheco había tenido una carrera muy exitosa. Había nacido en 1932. Su nombre real era José Ramón Fernández. Integró la Pandilla Marilyn, una troupe de niños de un programa radial de la que salieron varias figuras. Después cuando su carrera parecía truncarse, ya abandonando la adolescencia, trabajó en Radio El Mundo como telefonista y administrativo. Se hizo amigo de Alberto Migré y participó en varios radioteatros y consiguió algunos papeles menores en cine.

Su gran oportunidad en la televisión llegó con el programa cómico La Tuerca. Allí interpretaba dos personajes que tuvieron un gran éxito. Gramático Pluscuamperfecto, un hombre que cometía errores gramaticales –muy graciosos- en cada frase y producía equívocos insalvables: “Es que me falla la conjugancia”, remataba. El otro fue el Polibomber, un policía y bombero –con un casco antiguo y grandes bigotes- que esperaba desde hacía décadas que lo vinieran a relevar en su parada y que en cada diálogo hacía referencia a calles de Buenos Aires. Juan Carlos Mesa, libretista de La Tuerca, dijo de Pacheco: “Un ser irrepetible, un gran comediante, múltiple.

En 1968, Pacheco encabezó Viernes de … Guau Guau en Canal 9. El programa llevaba ese nombre porque al final de cada emisión se regalaba un cachorro. A las pocas semanas su nombre cambió por el de Viernes de Pacheco. Se mantuvo en el aire y con mucho éxito durante seis años. Jorge Nielsen, el más exhaustivo historiador de la televisión argentina en el segundo tomo de La Magia de La Televisión Argentina, explica las características del programa: “Fue uno de los máximos exponentes de la estética Romay. Un ciclo de procedencia teatral, destinado a todo público, con un intérprete popularizado por la televisión, elencos rotativos multitudinarios, con varias figuras de real jerarquía, adaptaciones que sin ser cumbres literarias eran aptas para el formato televisivo, algunas dosis de golpes bajos y elementos sensibleros”. Algo muy similar a lo que durante décadas distinguió a Darío Vittori. Una de las diferencias era que al final de cada emisión, Pacheco hablaba con el público desde su camarín. Son muchos los especialistas que sostienen que era un actor dúctil, con gracia, aunque muchas veces le faltaba profundidad y apostaba por el tic que provocaba la risa fácil. Rómulo Berruti, también en el libro de Nielsen, afirma que era “un gran actor cómico, lo mismo podría ser de televisión, que de revistas, más dúctil que Darío Vittori. También era imitador. Era un showman más que un actor”.

Osvaldo Pacheco
Hace 40 años moría en Carlos Paz, el actor cómico Osvaldo Pacheco mientras hacía temporada junto a Moria Casán

Pacheco vs. Bebán

En 1969, Rodolfo Bebán triunfaba en televisión con especiales shakesperianos. Con una gran producción orquestada por Goar Mestre había conseguido grandes éxitos de rating y de crítica para Canal 13 con sus versiones de Hamlet y de Romeo y Julieta dentro de El Mundo del Espectáculo. El siguiente paso fue bastante obvio, Otello. El canal gastó muchísimo dinero. Varias semanas de rodaje, escenografía detallada, gran elenco, publicidad en los principales medios. Alejandro Romay desde Canal 9 decidió salir a competir sin modificar su horario habitual. Puso en juego su habitual picardía: gasolera, oportunista, algo rastrera, muy efectiva. A esa hora su canal emitía Los Viernes de Pacheco, el ciclo de teatro de bajo costo que encabezaba el cómico. Recordó una comedia de Carlos A. Petit, El Morocho de Venecia, una parodia desprolija de la tragedia de Otelo y Desdémona. Pacheco hacía el papel principal, un actor que interpretaba a Otelo y acudieron en su ayuda, los dos popes cómicos que tenía el canal: Alberto Olmedo y Jorge Porcel que encarnó a Desdémona. La batalla se dio en el rating y en los medios. Una batalla shakesperiana en la que el vencedor fue Romay. Por paliza.

Osvaldo Pacheco
Al promediar el Proceso, Pacheco fue prohibido por su “estilo de vida”, según le dijo el interventor militar de un canal. Fue puesto en la Lista Rosa junto a otros como su amigo Alberto Migré.

El programa fue levantado en 1974 y tuvo su regreso en 1983, el año anterior a su muerte. Pacheco se convirtió en un habitué de los grandes elencos del teatro de revista porteño. Trabajó con los más grandes capocómicos y vedettes llegando a hacer tres funciones diarias durante los fines de semana.

Al mismo tiempo actuaba para el público infantil. Fue el Primer Bambuco de María Elena Walsh. Muy querido por Tita Merello (de quien hacía una imitación que causaba gracia pero que es posible que hoy no arrancara ni una sonrisa), fue convocado por Niní Marshall para participar de uno de sus últimos especiales televisivos.

Después del golpe del 24 de marzo de 1976 se impuso una férrea censura en los medios de comunicación. En la televisión, más allá del nivel informativo, no hubo un cambio demasiado brusco porque el medio siempre fue el más conservador y el que menos margen tenía para traspasar límites con la excusa de que lo veía toda la familia. Lo que sí ocurrió es que hubo muchas personas prohibidas, gente vetada por motivos ideológicos. En las pantallas faltaban además de los desaparecidos y exiliados, los que habían sido puestos en listas negras. Sobre muchos no pesaba una prohibición total. Algunos podían tener un pequeño espacio radial o, principalmente, actuar en teatro. Pero la televisión era territorio absolutamente vedado. No los contrataba ningún canal (ya en manos de interventores militares). En ese punto, la TV fue el medio más impenetrable para los censurados, para los de la lista negra.

Prohibido por la dictadura

Después del Mundial 78, la Dictadura se sentía más consolidada y la “amenaza marxista” estaba controlada por lo tanto extendió los alcances de sus prohibiciones e intensificó la cruzada moral. Incorporó una nueva categoría y había quienes no serían contratados por motivos morales. Osvaldo Pacheco fue uno de esos. Durante un par de años, después de haber protagonizado El Increíble Tony, una parodia perezosa de El Increíble Hulk, dejó de aparecer en pantalla.

Pacheco, apenas regresó la democracia, explicó la situación y se animó a sumar una lista de un nuevo color: “Yo no estaba en ninguna lista pero tampoco trabajaba. Hasta que fui a ver al coronel Subiela, que después de una amansadora de tres horas, me hizo sentar y se quedó mudo mirándome. Cuando le pregunté por qué estaba prohibido sólo me dijo: ‘Por su vida privada’. A mí me pusieron en la lista rosa”.

En esa lista ingresaron galanes, cómicos, libretistas y directores. A Alberto Migré le respondieron algo parecido: “Usted no trabaja por su estilo de vida”.

Osvaldo Pacheco
Hace unos años, en medio de los escándalos habituales entre las troupes teatrales de Carlos Paz para conseguir atención mediática, alguien dijo que el fantasma de Osvaldo Pacheco apareció en el Teatro Coral

En esa época hubo un programa de Canal 13 con el matrimonio de Guillermo Bredeston y Nora Cárpena como figuras cuyos guiones (libros se llamaban en la televisión de entonces) estaban firmados por Juan Ramón Fernández, el verdadero nombre de Pacheco. No se trató de un cambio de rubro ante la prohibición de aparecer en cámara. Pacheco le prestó su verdadero nombre a otro prohibido, a otro integrante de la Lista Rosa y un viejo amigo suyo: Alberto Migré. Los pagos salían también a su nombre y el actor le llevaba todos los meses el cheque a Migré. También la telenovela Sola protagonizada por Zulma Faiad fue firmada por Fernández. Después de emitidos una decena de capítulos apareció por fin, con la censura algo menos férrea, el nombre de Migré en los créditos. En entrevistas que brindó a revistas de actualidad el Rey del Teleteatro le agradeció la generosidad y la valentía a Pacheco.

Sin embargo eso no fue el peor inconveniente que tuvo el actor en los años del Proceso. Un crimen le rompió definitivamente el corazón y lo derrumbó, lo sumió en una depresión de lo que no pudo escapar. Su hermano Polo Cortés fue secuestrado y desaparecido. Una noche de agosto de 1976 fue secuestrado por un grupo de tareas en el edificio de Piedras al 1.300 de la Ciudad de Buenos Aires en el que vivía junto a su mujer y su hija pequeña. Tenía 35 años y su hermano lo había hecho actuar con él en diversos proyectos. Militaba en la Juventud Peronista y había sido candidato a presidente de la Asociación Argentina de Actores. Pacheco preguntó a varias autoridades militares y a directivos de los canales por su hermano, nunca obtuvo un dato. Dicen sus allegados que a partir de ese momento, sus recurrentes problemas de salud se agravaron. En una entrevista que dio poco antes de morir dijo que en los meses posteriores a la desaparición de Polo cada vez que actuaba en televisión se sentía muy mal; se imaginaba a los captores de su hermano poniendo el canal donde él estaba y diciéndole: “Mirá, mirá a tu hermano. Haciéndose el payaso. No le importa nada lo que te pase”.

Osvaldo Pacheco y su historia parecía que habían quedado olvidados hasta que hace unas temporadas, en medio de la pelea por la taquilla, alguien dijo que a los miembros de la compañía que actuaba en el teatro Coral de Carlos Paz se les apareció un fantasma. Lograron que se hablara de ellos y de su obra en los programas de chimentos. Alguien recordó que fue sobre el teatro de ese escenario que Pacheco perdió el conocimiento e ingresó en un coma diabético que acabaría con su vida horas después. Entonces dijeron que su fantasma se les aparecía en bambalinas y observaba las funciones desde las tramoyas. El tema no duró demasiado en pantalla. A los pocos días esa historia fue tapada por algún romance de verano.

La nota A 40 años de la muerte de Osvaldo Pacheco: de la censura de la dictadura por ser gay al mito de su fantasma salió publicada en Infobae