Carne de perro

Cultura

A todos nos gustan los perros, bueno a casi todos. Nos acompañan, los abrazamos como si fuesen hijos y a veces hasta nos cabreamos con ellos. Lo que no nos apetece es comerlos. Iba a decir que su carne no nos gusta, pero lo cierto es que nadie la ha probado. No conocemos su sabor ni su textura: nunca la hemos tenido delante en la mesa. En cambio, en Corea del Sur, un país moderno y desarrollado si los hay (de allí nos vienen los coches, los ordenadores, los teléfonos, qué les voy a decir), les encanta la carne de los perros, lo mismo en hamburguesas que en los menús de los chefs con millares de estrellas.

Lo malo para los gastrónomos y consumidores en general es que este manjar que tanto nos horroriza a los europeos en general y españoles en particular, tiene fecha de caducidad. El presidente de la república, Yoon Suk-yeol, que adora al perrito familiar que tiene en su residencia, ha decidido cortar por lo sano, alejarlo del peligro de los gastrónomos y prohibir el consumo de carne de perro. La reacción popular no se ha hecho esperar: igual que aquí se crispó la sociedad ante la amnistía de Puigdemont, también allí provocó críticas airadas en los medios y manifestaciones en las calles.

La ley es taxativa, aunque ofrece la esperanza de que no entrará en vigor hasta 2027. El plazo se prorroga oficialmente para que los menús se vayan anticipando a la falta de carne de perro. Pero también influye, qué duda cabe, el daño económico que causará a tantos afectados en sus intereses, desde carniceros de barrio hasta distribuidores y, especialmente, a los poderosos empresarios que explotan los 1.500 criaderos caninos que funcionan en todo el país. Son muchos millones de perros que se salvarán. La actividad industrializada, sea cual sea su especialidad, en Corea del Sur también pesa lo suyo. Y eso que los perros no votan.

Fuente: 20 minutos