He revisado ‘Avatar’ por primera vez desde que la vi en el cine y creo que estos 13 años le han sentado estupendamente

He revisado ‘Avatar’ por primera vez desde que la vi en el cine y creo que estos 13 años le han sentado estupendamente

Redacción

Nunca me terminó de apasionar ‘Avatar’. La vi en su día, y aún siendo James Cameron un director cuyo sentido del espectáculo me interesa mucho, su propuesta quedó lejos de mis favoritas de su filmografía (podio que ocupan sin mucho esfuerzo las dos primeras ‘Terminator’ –la primera muy por delante de la segunda-, ‘Aliens’ y ‘Mentiras arriesgadas’; muy pocas sorpresas ahí). Reconocí el esfuerzo técnico y ya, y no conecté demasiado ni con la estética ni con la historia.

Con la secuela, llega el momento de recuperar la película original y valorar hasta qué punto su fama de revolucionaria es justificada: ¿rubricó James Cameron una obra maestra visionaria o una simple aventura selvática con ínfulas? Recuperé la versión extendida de tres horas, el montaje más largo que Cameron ha llegado a estrenar, y me dispuse a cabalgar los banshees por Pandora.

Una narración curiosamente ágil

En términos generales, y aún estando ante una película que ya directamente lleva conmigo todas las de perder con su duración de dos horas y cincuenta y ocho minutos a cuestas, me sorprendió que lo que yo recordaba como una película pesada y relativamente lenta no lo haya sido en absoluto en esta revisión. ‘Avatar’ es una película relativamente ágil y con una narrativa considerablemente concisa y muy al grano.

Lo que yo recordaba como largas escenas rebosantes de mística algo ingenua siguen ahí, pero no son demasiado cargantes. Las escenas de transición militar, tostones de aviones despegando y volando en formación, secuencias de vuelo con los banshees, el entrenamiento de Jake, todo lo que yo recordaba como los momentos más bajos de interés del film vuelven, pero son muy llevaderas. Ninguna secuencia se prolonga más de lo razonable, no se enredan en introducciones excesivas, y hay poco relleno: casi todas sirven a una función narrativa. Que, insisto, no es moco de pavo para tres horas.

Vista con el cronómetro en la mano, lo que ya sabía sobre el Cameron narrador (que no llega uno a colocar media filmografía en el top de las películas más vistas de la historia si sus películas no funcionan como relojes) se confirma. La película es tan concisa en su desarrollo y sus subtramas se despliegan con tal claridad que hasta podría dividirse en tres bloques claros, como capítulos. Otra cosa no tendrá ‘Avatar’, pero paradójicamente dada su duración, no se entretiene con relleno.

Aún sigue siendo técnicamente impresionante

En su día ‘Avatar’ impactó en lo visual, pero con el paso del tiempo, es posible que no fuéramos conscientes del todo de sus hallazgos porque pensábamos que llegaría un momento en el que buena parte del cine sería así. O esa era la moto que se nos estaba vendiendo. Lo cierto es que eso no ha sucedido, por limitaciones técnicas y económicas: pero 13 años después, ‘Avatar’ sigue siendo visualmente tan espectacular y única como en su día.

Es increíble que, con más de una década a sus espaldas, ‘Avatar’ siga pasmando por el realismo de sus animaciones. Las secuencias en entornos reconocibles y con personajes humanos, como los laboratorios, son indistinguibles de escenas rodadas con actores reales y cámara en mano. Pero ahora, además, es más fácil apreciar el enorme esfuerzo invertido en la creación de una fauna y una flora alienígena, sencillamente porque no ha tenido parangón.

Y que Cameron sabe rodar acción es casi un oxímoron, pero teniendo en cuenta cómo han evolucionado las herramientas digitales en ese sentido a causa de las más bien horribles escenas de género que nos brinda el mainstream actual (Marvel a la cabeza), ‘Avatar’ es casi un balón de maravilloso oxígeno. Persecuciones y combates bien planificados y editados, conscientes del espacio y de las posibilidades del montaje y su ritmo, y que aprovechan las herramientas digitales para rodar lo imposible con claridad y sencillez, no aturullándolo todo. El enfrentamiento final es el mejor ejemplo de ello.

Los problemas siguen ahí

Con todo, es difícil abstraerse de las carencias de ‘Avatar’, y que vienen de una contemplación de los indígenas bienintencionada, pero algo ingenua, y que encaja con las múltiples contradicciones de Cameron, un autor obsesionado con la disciplina militar y las máquinas de guerra, pero también con los mensajes ecologistas y pacifistas. La descripción de las costumbres de los Na’vi como lo haría un turista en Kenya y las ramplonas conexiones con los nativos americanos, con un punto de involuntario racismo, sin duda es lo que peor ha envejecido del film.

También es indiscutible que cuando la película se pone en plan hortera, es demoledora en ese sentido. Las secuencias más espirituales son las más chirriantes, con unos brillitos y unos diseños que ya cojeaban en su día, y ahora mucho más por su mezcla de ingenuidad y estética de anuncio de operadora telefónica. De igual modo que los diseños (desde los vehículos militares a la fauna de Pandora, pasando por los magníficos escenarios naturales) son muy notables, la visualización de lo espiritual como un after en Ibiza no es lo más memorable del conjunto.

Por mucho que no me haya encontrado con el tostón que me esperaba, ‘Avatar’ es una película de aventuras que triunfa en lo visual (la acción, los innumerables aspectos visuales) y no funciona tan bien en lo que ella misma considera importante (un mensaje ecologista y espiritual muy superficial). Pero como propuesta curiosamente aislada en el tiempo, sin más precedentes ni continuaciones que las que el propio Cameron ha querido otorgarle, discurre a la perfección.

Posiblemente, el director no estaría muy conforme con esta consideración de juguete tecnológico fascinante y parcialmente fallido. Pero a mí, que me esperaba tres horas de agonía, me basta y me sobra.


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Xataka

por
John Tones

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