¿Por qué mi esposo se está casando con ella?

¿Por qué mi esposo se está casando con ella?

Especial para Infobae de The New York Times.

ERA LINDO, DIVERTIDO, Y NO ERA PARA MÍ EN ABSOLUTO. ¿O SÍ?

Mientras la novia de Josh se acercaba a él en el altar, una extraña voz surgió de mi mente y me tomó por sorpresa. “Ahí va tu marido”, me dijo. Y por un segundo tuve la certeza de que Josh, a pocos minutos de decir “acepto”, debía casarse conmigo.

Ese momento de clarividencia, aunque me sacudió, por sorpresa fue fácil de olvidar. Me había acostumbrado a cuestionar a Josh, pues había pasado al menos la mitad de mis veinte negándome a comprometerme a “nuestra” relación mientras me esforzaba por seguir adelante. Además del hecho de que él vivía al otro lado del país, nuestros temperamentos siempre habían sido tan diferentes como para que funcionara nuestra relación.

“Lo que está destinado a ti no puede pasar de ti”, me dijo una vez mi mejor amigo. Y ahí estaba Josh, prometiendo su vida a otra persona, así que tuve que asumir que mi instinto inicial —que éramos incompatibles de una manera fundamental— era correcto.

Once años antes de ese momento en la boda, conocí a Josh en el pasillo de su departamento de Londres al comienzo de nuestro programa de estudios en el extranjero. “También es un cepillo de dientes”, dijo antes de presentarse. Yo había comentado la anomalía de la doble lavadora/secadora, y eso provocó que Josh bromeara acerca de las múltiples funciones del interruptor de luz británico. Lanzó esa ocurrencia como si no le importara que la entendiera, lo que le hizo parecer una persona con esa rara combinación de diversión y seguridad. Decidí que seríamos amigos.

Pero pronto, el ansioso contacto visual de Josh y la imitación juguetona que hacía de mis patrones de habla dejaron claro que sus sentimientos estaban convirtiéndose en algo más. Y los míos también, aunque me resistía a admitirlo. Sentí punzadas de celos cuando se metió con mi compañera de piso y no pude ocultar mi rubor cuando colocó su mano cerca de la mía.

Sin embargo, Josh era un blandengue criado en Santa Bárbara, obsesionado con los cachorros y el béisbol, que exhibía una visión alegre del mundo, lo que resultaba amenazante para mí, con mi perspectiva mucho más sombría.

Además, en tres meses nuestro semestre terminaría, y yo volvería a Nueva York, a la relación “abierta mientras no esté” con mi novio bastante serio que compartía mi cinismo. No quería complicarme la vida por un tipo que tenía un mapa de Disneylandia enmarcado en su pared.

Pero mi pragmatismo quedó ahogado por las pintas de sidra, y en octubre Josh y yo nos besábamos en cualquier habitación desocupada que encontráramos hasta que tuve que inventar reglas para evitar que intimáramos demasiado.

Regla 1: Nada de dormir fuera de casa

Regla 2: Nada por debajo del cinturón

Regla 3: No decirle a nadie más

Después de un montón de agarradas de manos encubiertas y de besarnos como adolescentes, el semestre terminó y tomamos caminos separados; yo terminaba el año escolar en Londres, mientras él volvía a California. No creí que volviéramos a vernos.

“¿Tal vez podríamos encontrarnos en nuestros sueños?”, me escribió Josh en un mensaje de Facebook un mes después.

Pronto nos enviamos mensajes a diario. En un cruel giro del destino, me habían asignado su antiguo dormitorio y me quedaba mirando cada noche su cama, frustrada por anhelar a alguien tan descaradamente sincero.

Recordé a una excompañera de trabajo que me describía con alegría una aventura emocional que estaba teniendo en el trabajo. Parecía emocionada por ello, pero también sabía que, si cedía a su deseo, la llama se apagaría. Lo ilícito era el atractivo.

Decidí que ese era también mi caso con Josh. Los parámetros que había establecido me impedían enfrentarme a nuestras incompatibilidades y me impedían cerrar el ciclo. Necesitaba ir a verlo sin esas restricciones emocionales y físicas. Necesitaba acercarme lo suficiente para desilusionarme y poder seguir adelante con mi vida.

Un mes después de mi regreso a Nueva York, visité a Josh en California. Mi viaje volvió a fracasar en aplastar mi inviable atracción, y nos instalamos en una rutina enloquecedora de infructuosos vuelos bianuales a través del país para vernos.

“No me parece bien mudarme a Los Ángeles para estar contigo”, le dije después de una visita seria, todavía creyendo que no teníamos camino que recorrer. Mi eterno cuestionamiento nunca sería rival para el optimismo entusiasta de Josh. Pero no sería hasta un par de años más tarde, cuando yo tenía 25, que Josh publicaría una fotografía de su nueva novia en Facebook, y yo sabría oficialmente que “nosotros” habíamos terminado.

“Se va a casar con ella”, pensé mientras estudiaba sus ojos pixelados, tratando de hacer las paces con su capacidad para adorar a otra persona con la misma ilusión.

Yo también empecé a salir con otra persona, y la dinámica de Josh y mía se redujo a encuentros ocasionales por teléfono y a citas dobles cuando estábamos en la ciudad con nuestras parejas. A medida que pasaban los años, me sentía cada vez menos como la chica salvaje que había vomitado los medicamentos de la IVU en el suelo de su Toyota Camry y apenas podía evocar sus ojos de cachorro cuando dijo: “Pensaré en ti cada vez que vea la mancha”.

“Me alegro de que él y yo fuéramos lo suficientemente sabios como para abstenernos de intentarlo”, recuerdo que le dije a mi novio de entonces después de una noche de juegos con Josh y su novia. Para entonces yo tenía 29 años.

“Podríamos encontrarnos en nuestros sueños”, había sugerido Josh durante nuestros días de universidad, pero no sería hasta once años después, semanas antes de sus votos, que él se encontraría inconvenientemente en los míos.

“Tengo que volver a subir”, dijo su yo de los sueños mientras yacía a mi lado en un sótano desconocido. Exudaba su misma seguridad, pero poseía un poco más de conciencia. Mi yo del sueño era más vulnerable de lo que me había permitido en su presencia. Mediante algún tipo de telepatía mística, supe lo que intentaba comunicarme. Me estaba diciendo que tenía que subir para volver con su mujer.

“No”, le supliqué, incapaz de creer que no se quedara conmigo ahora que nuestro amor era evidente. Pero mis ruegos fueron inútiles. Ella lo estaba esperando.

“Lo sé”, dijo, reconociendo nuestra intimidad. “Pero tengo que ir ya”.

Y entonces desperté.

Un año después de la boda de Josh, mi novio y yo rompimos. Tres meses después, Josh y su esposa se separaron. Estas instancias no estaban relacionadas, pero mi mejor amigo de inmediato notó la coincidencia.

“¿Crees que…?”.

“No”, dije. Hacía poco que había cumplido 32 años y me sentía demasiado mayor para recaer en una vacilación incesante.

Pero semanas después, cuando Josh mencionó que asistiría a una boda en el extranjero, me sorprendió el hecho de haberlo invitado a quedarse conmigo en Nueva York, en su regreso a California.

“Tengo un colchón inflable”, le dije. Creía que era una opción viable, pero sabía a lo que quizá conduciría.

Cuando Josh llegó, apenas miró el colchón inflable antes de subirse a la cama conmigo. A la mañana siguiente, nos tumbamos en los brazos del otro y alabamos nuestras capacidades para ser un consuelo saludable para el otro.

“No puedo esperar a que conozcas a alguien genial”, me dijo después de la cuarta vez que tuvimos sexo en 48 horas.

“Yo tampoco puedo”, respondí.

Meses más tarde, mientras subía a mi segundo avión hacia el oeste en cuatro semanas, le envié un mensaje a mi hermana: “Me voy a Los Ángeles solo una vez más para tener sexo”. Necesitaba ponerlo por escrito para que se hiciera realidad. Quería asegurarme de que Josh no iba a impedir que encontrara a mi futuro marido.

“Después de este viaje, nos daremos un espacio”, escribió Josh. Quería asegurarse de que yo no le impediría procesar su divorcio.

Pero cuando volví a Nueva York, en lugar de responder a mis mensajes de citas en línea, vi en bucle un anuncio de Gatorade que Josh había protagonizado, dejándome llevar por el confort de su equilibrada disposición.

Temerosa de confiar en mi propia certeza, abrí Facebook y volví a hacer clic en el diálogo que mantuve con Josh media década antes, con la esperanza de llegar a la conclusión definitiva que pasé tantos años evitando.

Le envié este mensaje: “Me gusta lo sincero que eres, y lo abierto que eres, y que te haya amado durante doce años en diez formas diferentes”.

“Tengo miedo de perderte, aunque nunca te haya tenido, pero me preocupa que si no nos tomamos un minuto, lo estropeemos”, me contestó.

Un año y medio después, me mudé a California. Tres años después, nos casamos. En julio tuvimos nuestro primer hijo.

“Siempre habríamos terminado juntos”, me dice a menudo Josh.

Eso es lo que dice su alegre perspectiva. Yo tengo dudas. Lo que sí creo: por mucho que intentara convencerme de que no existía un “nosotros” durante más de una década, otra fuerza misteriosa ejercía su influencia. Y esa fuerza ganó.

La nota ¿Por qué mi esposo se está casando con ella? salió publicada en Infobae

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