Un libro sobre la amistad de Aurora Venturini con Evita y su relación con el peronismo

Un libro sobre la amistad de Aurora Venturini con Evita y su relación con el peronismo
“Eva, Alfa y Omega” y “Pogrom del cabecita negra” son dos novelas cortas de la escritora argentina Aurora Venturini.

Aurora Venturini tal vez sea una de las escritoras argentinas más peculiares del último siglo. Aunque nació en 1921 y escribió más de cuarenta libros, la fama y el reconocimiento le llegaron a sus 85 años cuando ganó en 2007 el Premio Nueva Novela de Página/12 por su novela Las primas.

Desde entonces, el interés por la vastísima obra de una escritora hasta ese momento desconocida no paró de crecer, aunque no solo por los méritos propios de sus inconfundibles cuentos y novelas. Además, la historia de vida de Venturini y sus amistades con celebridades del siglo XX como Simone de Beauvoir, Albert Camus, Violette Leduc o Jean-Paul Sartre, empapa de un nuevo atractivo cada uno de sus libros.

De todos modos, quizás la amistad más comentada de Venturini desde su aparición en el mundillo literario argentino fue la que mantuvo con Eva Perón, mientras la escritora trabajaba en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor, donde la conoció, y luego en la Fundación de la entonces primera dama. Para fortuna del lector, parte de la relación entre Evita y Venturini quedó plasmada en Eva, Alfa y Omega, una novela reeditada por Tusquets que oscila entre las memorias y la ficción.

Además, esta edición incluye otra nouvelle llamada Pogrom del cabecita negra, que sigue a Moncho, hijo de una familia pobre y disgregada, mientras regresa a su pueblo natal en busca de sus orígenes. A su vez, el volumen comienza con un prólogo de la socióloga e historiadora argentina Dora Barrancos, compartido más abajo.

¿Sucedió realmente lo que la autora narra? En el epílogo, Venturini aclara: “La ciencia histórica deberán ejercerla los historiadores y yo soy una escritora que aunque requiera del apoyo de algo acaecido en la realidad, crea fantasiosamente”. Aunque sin dudas lo parezca, Eva, Alfa y Omega no debe leerse rigurosamente como una novela histórica. Al igual que nos acostumbró con el resto de su obra, el chisme debe ser tomado con pinzas.

Leé el prólogo que escribió Dora Barrancos para “Eva, Alfa y Omega”, de Aurora Venturini

Aurora Venturini

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Estos dos textos de Aurora Venturini vieron la luz en momentos muy distantes uno del otro. El escrito dedicado a la figura de Eva Perón resulta mucho más reciente que el de la disección de vidas signadas por el descarte, que ella identificó como Pogrom del cabecita negra, escrito a fines de la década de 1960. La autora, cuya proyección ocurrió cuando ya cursaba una edad provecta —un eufemismo para decir que tenía más de ochenta años cuando ganó el primer premio del certamen de Página/12 por su novela Las primas—, tuvo una existencia atravesada por la identificación con el peronismo. Siempre fue una «muchacha peronista» —la edad es francamente lo de menos en esa fragua política que juega con lo sempiterno—, y no puede soslayarse la idea de que esa inscripción fue responsable de las operaciones para impedir su más temprana consagración intelectual. El canon le fue adverso, pero al final hubo recompensa para esa narrativa desapacible, desmesurada, tantas veces desopilante en sus incisiones de lo cotidiano. Inmensa fantasía creadora sobre las mallas de un realismo empedernido hasta lastimar con evidencias procaces. Aun así, la sordidez de su escritura no impide los estallidos risueños que arranca, tan poco empavesada y tan cercana a los dislates de la vida.

La narrativa dedicada a Eva Perón esperó mucho tiempo, si se considera la admiración que le consagró desde el momento feérico en que la conoció personalmente y que perduró a lo largo de su casi centenaria existencia. Las biografías sobre Aurora señalan que Eva no fue solo un ícono reverenciado, sino también una referencia de toda intimidad; que el trato entre ambas fue intenso y sin fracturas, y así debió ser, a juzgar por la elegía que representa este texto, tramitado entre una afectividad hagiográfica desbordante y breves golpeteos de llamadas para dar cuenta del ser de carne y hueso que la ocupa.

Con certeza, estamos frente a una narrativa autobiográfica, no solo por el uso de la primera persona en ciertas partes clave —aunque tantas veces resulta un ardid ficcional—, sino por la índole de lo narrado en cifra de copresencia, que trasunta ineludible testimonialidad, una escenificación que apenas apela a la imaginación libre de la autora, aunque no abdica de esa treta, como se encarga de indicar. No puede sorprender que Aurora asevere que nadie la trató tan mal, cuya traducción podría ser: a ningún otro ser le permití una humillación semejante. Pero resulta admirable que no rodee de justificaciones ese maltrato; ocurrió así y listo. La monumentalidad de la figura de Eva derrite por completo cualquier trazo rumiante de reproche, se trata apenas de un ajuste a la verdad testimonial.

Aurora escribe esta biografía de Eva Perón sin prevenciones, no le preocupa si destellan cuestiones que pueden ser hirientes para ciertas liturgias. Si la posición es reverencial, la vida de la gran figura exhibe detalles que no todas las exploraciones historiográficas anteriores han mostrado; por ejemplo, la intensidad del vínculo con su padre, muerto joven en un accidente, que tenía debilidad por la criatura. La familia paralela de Juan Duarte con Juana Ibarguren representa una transgresión, la marca de la ilegitimidad (pero, dígase, bastante común en la época), que sin embargo no careció de afectos, de lazos más que incidentales, desmintiendo la displicencia con que suelen pensarse estos vínculos. Juana se las arregló para sobrevivir con sus cinco criaturas, y como dueña de una pensión en Junín, no descuidaba la catadura de sus pensionados con fines muy claros: la posibilidad de obtener un buen partido para las hijas mayores. El que representó casi siempre un problema fue el varón, Juancito —aunque confesiones de doña Juana también alcanzan a Evita, pues decía que la inquietaba de su hija menor que «se hace muchas ilusiones con los desposeídos»—. El muchacho terminó trágicamente, con un aparente suicidio que la autora se encarga de desmentir, atribuyendo su desaparición a designios más altos. Perón no queda sin responsabilidad, y Aurora se basa en aseveraciones familiares. Pero hay un capítulo entrañable en la biografía, gracias a los testimonios de Blanca, la hermana de Eva casada con Justo Álvarez Rodríguez, de la que Aurora fue gran amiga —en realidad lo fue de toda la familia y a ella le dedica el libro—, y es cuando reconstruye su infancia rural. Los correteos por el campo y el acercamiento de la gran protagonista a familias indígenas de la zona, las adhesiones tempranas a sus problemas, a sus miserias, actitudes premonitorias de su transformación en adalid de los desposeídos. Otro capítulo que da cuenta de su voz infantil ensayando discursos justicieros dirá que «en el país no debiera haber ni demasiado rico ni demasiado pobre». El paisaje de la llanura, las fugas de la escuela para experimentar contactos más vívidos, las excursiones a los caseríos mapuches dejaron sus huellas.

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La socióloga e historiadora argentina Dora Barrancos escribió el prólogo de “Eva, Alfa y Omega”, de Aurora Venturini. (Gustavo Gavotti/)

Hay momentos de esta biografía de Eva que están especialmente caracterizados por lo vivencial, y la autora sentencia: «La generosidad de Evita era ilimitada; la paciencia, no tanto; las broncas, espantosas». Aurora evoca situaciones de la intimidad que gozó, y si la galería está poblada por la intensidad del desempeño benefactor de la heroína, surgen las intervenciones de la autora, por ejemplo, cuando le cuenta chistes que circulan sobre Perón y que Evita se permite festejar. La composición evitiana destella en carnadura, se exime la solemnidad reverencial, y son su voz imperativa y su boca sucia las que cruzan el texto como un anatema a las genuflexiones. Aurora evoca, yendo hacia atrás, el curso amoroso de Evita con Perón, desde el mítico encuentro en el Luna Park, pasando por el casamiento en la iglesia platense, su pago. También se atropellan las consideraciones acerca de su viaje por Europa, de la condecoración de Franco y de las ovaciones dirigida no a él, sino a Esa Mujer (semiótica de Rodolfo Walsh) —y aquí la autora no puede omitir una diatriba sobre el patriarca que asesinó a Lorca porque era marica—, para luego andar la trilla de la conquista del voto femenino, del trabajo infatigable en la Fundación y la aciaga enfermedad. Un fragmento refiere el intercambio entre Aurora y la madre de Evita, doña Juana, en ese duro trance, cuando esta le comenta que Perón está en amores con la tenista de «apellido inglés» —no puede ser otra sino Mary Terán—, y lo que resuella es la exculpación de la autora, quien afirma: «Es hombre, doña Juana; la esposa, enferma». Pero doña Juana insiste en otras inconductas, como andar en motoneta con las jóvenes, y nuevamente Aurora disculpa: «Es un ídolo de la juventud».

Sin embargo, doña Juana retruca: «Qué ídolo, mija… ¡Es un viejo verde!». Ese remate de texto no puede significar otra cosa que asentimiento, porque no deja de llamar la atención que las narrativas subsiguientes no se demoran en las transformaciones debidas a los gobiernos del general Perón, que quedan opacadas, sino que continúan girando sobre la imperante Evita que, muerta, sigue produciendo efectos excepcionales. Hay una suerte de auto de fe que profiere, ya moribunda, donde alude al exceso, a no haberse cuidado, y da cuenta de la vorágine de su actividad para paliar las injusticia y disminuir las desigualdades, pero también de que ese torbellino ha producido el desapego del General , que tal vez «no sepa que lo adoro», y se siente culpable.

El derrumbe del peronismo exhibe aspectos abyectos del odio a Esa mujer —ya no abandonará el plegamiento a la hermenéutica de Walsh—, la profanación de su cadáver y la locura del militar secuestrador del féretro, Carlos E. Moori Koenig, a quien describe como una «monstruosidad maniática» y «onanista», en una cantata dedicada a Evita que transcribe parcialmente.

Aurora Venturini
Durante su exilio en París, Venturini entabló relación con los existencialistas franceses: Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus y Violette Leduc.

Con empeño ficcional, narra el reencuentro con el mancillado cadáver de Evita, acompañada de Blanca Álvarez Rodríguez, la hermana, y la intensidad del quebranto. También franquea su disgusto con la «tercera mujer», Isabelita, caracterizada de modo impiadoso, y hay alusiones frontales contra el Brujo —José López Rega—, pero parece prístino el reproche hacia el General cuando refiere que «aquel señor de la palabra justa y armoniosa calló, integrando una compañía de cómicos con enanos y adivinadores con bola de vidrio. Anduvo por países centroamericanos; admiró a mujercitas liliputienses que […] con mímicas eróticas incitaban a los concurrentes a beber, y todos bebían coñac de la enorme copa cual si estuvieran a orillas de un lago. El señor de la palabra justa y armoniosa llegó al país de Liliput». Esas constataciones no obstan para la indisoluble identidad con el peronismo, la apuesta a que «le da el cuero» para animar el regreso del General después de tantos años de exilio —hay demoradas descripciones sobre lo ocurrido entre las movilizaciones para recibirlo, la algarabía repetida de manifestaciones frente a la casa que ocupaba y la saga militante para reponerlo en el mando con el ardid «Cámpora al gobierno, Perón al poder»—. Finalmente, viene la ocupación de la primera magistratura y luego su muerte, que ocasiona el arribo a la presidencia de «la pequeña portadora de apellido» —tal vez el apodo más delicado que Aurora dedica a Isabel Martínez de Perón—. Todo termina para dar lugar a la sangrienta dictadura, a las desapariciones y al despliegue de los dolientes pañuelos blancos. Es entonces que la autora intercala un bello poema dedicado a Evita.

Aurora Venturini nos participa de que en la figura de Eva se cifran el Alfa y el Omega del programa peronista. No hay cómo rehuir lo que seguramente fue su inalterada convicción de que ella fue la clave del proyecto, el anclaje de la redistribución, la brújula de la justicia social. Dije al principio que Aurora nunca abdicó de la «muchacha peronista» que la había constituido, pero, bien analizado, este texto biográfico sobre la Abanderada de los humildes —que aporta con pinceladas gruesas su propia biografía— iza sin tapujos la devoción dominante. Y puede corregirse un tanto la nomenclatura: nunca dejó de ser la adherente conspicua de la causa de la inigualable Evita.

La otra obra que integra este libro, Pogrom del cabecita negra, es una historia punzante sobre una familia arrojada al descarte. Membresía de todos los desalojos, la niñez «cabecita negra» no es solo un estigma, es un desgarro que opera sobre toda la integridad cuando es colocada en instituciones asilares. Una madre que no puede alimentar a tantas bocas toma el atajo de distribuir a niñas y niños en instituciones «tutelares». Aurora escribió este texto en 1969, y hay que repasar el contexto de agudización de la desigualdad y la pobreza, década tan desenmarcada del Estado de bienestar y tan propicia al activismo reivindicador revolucionario. Esta novela corta focaliza en uno de los muchachos de la familia, criado en aquellos entierros de la condición de infancia, que se las ha arreglado con todas las artes —sobre todo las malas artes— para sobrevivir en la jungla de la discriminación y la afrenta. Malhechor a pesar de sí mismo, está empeñado en la utopía del regreso a la casa familiar, en producir el milagro de una reunión entrañable con la madre —a quien no osa reprochar nada, tal vez un vínculo edípico que ha sorteado todas las bravuras—. Esa vuelta al barrio suburbano consigue la empática cooperación de un viejo almacenero, una especie de remanso en las fugas habituales, pues se ha acostumbrado, sorteando las persecuciones de la institución policial, a ser un sujeto nómade. Ese nomadismo es casi una estirpe, dadas las circunstancias que siempre obturan la posibilidad de un establecimiento, de una fijación, algo que solo pueden merecer los que han nacido con otro sino.

La historia va engarzando las vidas paralelas pero idénticas en la marca de origen de los distintos hermanos —sobre todo de las hermanas— y en algunos casos la vida ha sido algo más confortable, pero pronto se verá que es apenas un recreo de imposible sustentación. Aunque el hilo de la narrativa está centrado en una figura masculina, y hay diversas posibilidades de significar su estructura, permítaseme auscultar las figuras femeninas del relato. La madre, en primer lugar, que ha vivido la vida que pudo, cuyos embarazos contingentes la obligaron a una fórmula desquiciada pero que es menester comprender; forzada a repartir a niñas y niños en las instituciones que aseguran cuidado, pero que constituyen verdaderos truncamientos del desarrollo. No en vano el deseo dominante de buena parte de las criaturas asiladas es fugarse, cualquier riesgo de la calle parece promisorio al lado de las vejaciones del internado. Vaya a saber qué nudos intrincados presenta un alma en la que el maternaje sostenido es una experiencia de pérdidas y que probablemente no se permite la autoconmiseración. No sostengo que se exime el afecto, sino que hay que ahogar a tiempo cualquier tentación de que ocupe la escena. Pero, finalmente, las cicatrices son inevitables. Algún día habrá proferido alaridos esta madre arrancada del canon.

La segunda mujer del relato es la hermana menor, que se ha beneficiado con la heredad de la casa familiar; madre adolescente de una criatura, producto de un vínculo azaroso, pero luego estabilizada con otra pareja, con la que tiene más chicos. Son claros la adaptación, el sujetamiento, la imposibilidad de renegar del vínculo que tiene trazos violentos. El marido impone la norma sin inflexiones —circunstancia que no puede sorprender—, e incluso la segregación de la criatura anterior de la mujer, a quien francamente no quiere. Pero ella acata, se pliega, aunque puede abrir las alas en las ausencias del hombre, que trabaja afuera por temporadas. Pequeño oasis, pero no hay consecuencias duraderas.

La tercera figura femenina es la de la hermana mayor, que —como pocas veces ocurre— ha podido zafar del destino de la pobreza (no importan los medios), y se ha empinado al punto de tener un negocio en una zona pudiente. Hay destellos de empeñosa determinación sin olvidar sus orígenes, y cría a sobrinas que educa en establecimientos privados y que ignoran por completo de dónde proceden. La autora atribuye a esta hermana-madre atributos solidaros, generosos, compasivos. Se acerca bastante a la emancipada, defiende lo propio y especialmente cómo ha llegado a obtener eso que siente propio, que se ha ganado sin deberle nada a nadie. En el desenlace, más allá del zarpazo de la mala suerte, será la que junte los restos para mirar desafiante. No se ha rendido.

Tengo la certeza de que estas dos obras de Aurora Venturini hablan desde sus entrañas. Son sus convicciones ideológicas y políticas las que comandan la escritura empinada, densa, sagaz, y por cierto polémica que ahora se presenta. Creo que es lo de menos el desacuerdo de lectoras y lectores con la figura de Eva Perón, aunque resulta incontestable su prominente estatura histórica; de la misma manera, debe admitirse, que pueden resultar insensibles al insolente «progrom» nativo de la exclusión. Lo que no podrá ocurrir es la señal de indolencia, pues no cabe el aletargamiento ante esta pluma estupenda de nuestra literatura.

Quién fue Aurora Venturini:

♦ Nació en La Plata, Argentina, en 1921.

♦ Escribió más de cuarenta libros, entre los que se encuentran Las primas, Las amigas, Los rieles y El marido de mi madrastra.

♦ Fue amiga de Eva Perón, Jean-Paul Sartre, Violette Leduc y Albert Camus.

♦ Murió en Buenos Aires, Argentina, en 2015.

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