Inflación: una guerra con mala puntería

Inflación: una guerra con mala puntería
La inflación de los últimos meses se encuentra por arriba del 6% (REUTERS/Agustin Marcarian) (AGUSTIN MARCARIAN/)

La inflación de los últimos meses, por encima del 6% mensual (sí, mensual) está generando una nueva crisis política. Lo que empezó con una “declaración de guerra” está terminando con una parte del oficialismo abandonando el barco ante el inminente naufragio. Esta guerra está absolutamente perdida, si el Gobierno continúa apuntando hacia el lugar equivocado. Repasemos los “blancos” elegidos como culpables de la inflación.

El primer culpable señalado fue la invasión rusa a Ucrania. La guerra puede explicar unos pocos puntos porcentuales de la inflación que tendremos este año, pero los precios ya estaban desbocados o, mejor dicho, el peso ya se estaba derrumbando mucho antes del inicio de la guerra. La inflación promedio mundial de 2022 estará en el orden del 7%, Argentina probablemente supere el 80%. Casi toda la inflación será autoinflingida.

Un segundo presunto culpable es el campo. Por ello, se esbozó un aumento a las retenciones a las exportaciones de granos, con el argumento de que se deberían desacoplar los precios locales de los internacionales. El Gobierno olvida que un productor argentino ya cobra un 60% menos de lo que cobra un productor agrícola en Brasil o Uruguay. Estos gravámenes, si bien logran alguna baja en los precios de los alimentos, por sobre todo desalientan la producción haciendo mermar la generación de riqueza y el ingreso de divisas. Tan cierto es esto que mientras hace veinte años la superficie sembrada de soja en Brasil y Argentina era aproximadamente la misma, hoy Brasil cultiva más del doble que nosotros.

Si el objetivo fuera bajar el precio de los alimentos, sería mucho más efectivo bajar los impuestos, ya que estos conforman uno de los mayores costos de producción en la Argentina. Por ejemplo, en el costo del pan sólo el 13% es trigo, mientras que el 23% son impuestos.

Otra idea desorbitada es creer que la culpa de los aumentos de precios proviene de la codicia de las cadenas de comercialización. Si esto fuera cierto, cabría preguntarse por qué los grandes supermercados, que también están presentes en muchos otros países, son más voraces en Argentina. ¿Esta explicación es confusión, mito o jueguito para la tribuna?

En la misma línea se marca como culpables a los productores de alimentos y otros bienes exigiéndoles precios máximos. Al no llegar a cubrir sus costos se genera desabastecimiento -quien en su sano juicio produce a pérdida- requiriendo, a su vez, menos empleo. Más daño autoinflingido.

Por otra parte, existen dos medidas aplicadas por el Gobierno que contribuyen a reducir la inflación, pero que son pan para hoy y hambre para mañana. Estas son el congelamiento de las tarifas de servicios públicos y el retraso del tipo de cambio. La primera aumenta el déficit fiscal y la segunda, el comercial. Estos remedios son insostenibles, no atacan las causas de la inflación y generan una bomba de tiempo.

Entonces, ¿a dónde debería apuntar el gobierno para bajar la inflación? La inflación es un fenómeno monetario. La solución es dejar de financiar el déficit con emisión. Lamentablemente, la miopía ideológica hace que se apunte en sentido contrario. De seguir así, la inflación será de las pocas cosas que crecerá en Argentina.

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