El Club de Reparadores promueve la economía circular dándoles una segunda oportunidad a las cosas

El Club de Reparadores promueve la economía circular dándoles una segunda oportunidad a las cosas

Las cosas duran cada vez menos porque son fabricadas con fecha de vencimiento. Es decir, son creadas a propósito para que se rompan fácilmente, para que arreglarlas sea más difícil que comprar un objeto nuevo y para que el consumo nunca acabe; la famosa obsolescencia programada. Comprar, usar hasta que falle, tirar y de nuevo comprar para usar y tirar es un ciclo que se repite infinitamente y tiene impactos ambientales nocivos. Pero existen prácticas que buscan frenar la rueda y proponen un círculo alternativo. Este es el caso del Club de Reparadores, un evento itinerante que promueve la reparación como práctica de sustentabilidad y estrategia para el consumo responsable.

En noviembre de 2015, Marina Pla y Melina Scioli, quienes venían trabajando en Buenos Aires la promoción del reciclaje desde la ONG Artículo 41, decidieron impulsar eventos comunitarios para que personas de todas las edades y ocupaciones pudieran intercambiar saberes, tiempo y herramientas y repararan objetos de manera conjunta. Se inspiraron en iniciativas similares que funcionan en otras partes del mundo, como los Repair Cafés de Ámsterdam, que luego se replicaron en los cinco continentes, o las Restart Parties en Gran Bretaña. Juntaron personas con objetos rotos o incompletos ―ropa, electrodomésticos, juguetes― con otras personas con habilidades en reparación, dispuestas a enseñar y a hacer arreglos gratis. Así nació el Club de Reparadores que hoy lleva más de 80 ediciones de su evento itinerante.

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El Club de Reparadores funciona desde hace siete años y ha hecho 87 eventos abiertos. (Imagen: gentileza Club de Reparadores)

“El primer encuentro fue verdaderamente un experimento. Fuimos invitadas a hacerlo en el marco de Gran Aula, un proyecto del estudio de arquitectura A77. Era en el Parque Lezama, del barrio de San Telmo; llevamos nuestra caja de herramientas y un costurero, convocamos a voluntarios con saberes de reparación y objetos rotos y esperamos a ver qué sucedía. El resultado nos sorprendió con creces, ¡efectivamente la gente participaba y los objetos se reparaban!”, cuenta Scioli.

Rápidamente, el Club tomó forma de movimiento. “Logramos conformar un gran equipo con Marina Pla, Julieta Morosoli y Camila Naveira, más las personas que se suman a los encuentros para prepararlos”, agrega. Los eventos fueron definidos como “de código abierto”. Esto permitió que otros grupos comunitarios pudieran organizar sus eventos, con la receta, recomendaciones y el relato de experiencias del Club de Reparadores. Con este empuje, al poco tiempo la iniciativa llegó a otras provincias de la Argentina y a países como Uruguay y México.

Desde entonces, el Club de Reparadores no para de crecer y generar resultados positivos. Ya se organizaron 87 ediciones de reparación ―en Buenos Aires, Río Negro, Córdoba y Montevideo― y se repararon más de 4.100 objetos, con una tasa de reparabilidad del 65 % (no todos los objetos pueden remendarse). Además, la comunidad incluyó alrededor de 500 reparadores y más de 5.000 voluntarios.

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El 65 % de los objetos que llegan a los eventos se puede arreglar. (Imagen: gentileza Club de Reparadores)

Por las soluciones que ofrece, el Club de Reparadores recibió premios de la Shuttleworth Foundation y la Fundación Ambiente y Recursos Naturales; fue reconocido por la Cámara de Comercio argentino-británica, por el liderazgo en sostenibilidad, y fue declarado de interés en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Comunitario, colectivo, sustentable y colaborativo

“Salir al espacio público con mesas y herramientas para intercambiar saberes con desconocidos es en sí bastante performativo. De algún modo esa experiencia nos permitió elevar el tema en la agenda, asociar la reparación con el impacto ambiental, además del cultural y económico, de una manera creativa”, analiza Scioli sobre sus primeros eventos. En cada uno, la modalidad se repite: hay mesas, hay herramientas, hay personas que saben de costura, carpintería, tecnología, hay objetos para reparar y cada roto encuentra su descosido. Además, se arman ciclos de debate y secciones especiales como “el tinder de táperes” creado para los tuppers que buscan su tapa y las tapas que buscan su táper. Todo esto fortalece el lado comunitario de la iniciativa. Algo de todo esto ―dice Virginia Martínez, una de las impulsoras del Club en Córdoba― es lo que logra que el espacio se sostenga.

“La energía que se genera en cada encuentro es indescriptible. La iniciativa se trata no solo de reparar cosas, sino también de reparar vínculos. Nos ofrece una oportunidad de compartir tiempo y herramientas a cambio de nada. Una persona va porque se le rompió una radio y otra le enseña a repararla por el simple gusto del oficio, o al menos lo intenta. Se aprende, se enseña, se involucra. Este vínculo que se genera entre quienes asisten a un evento es el motor que alimenta los siguientes, porque la persona que vino una vez vuelve siempre y trae a otra, y así”, describe Martínez. La clave está en la colaboración colectiva.

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Reparar en lugar de descartar los objetos se propone como una forma de consumir y también de cuidar el ambiente. (Imagen: gentileza Club de Reparadores)

En Córdoba, el espacio se inició en 2016 por impulso del equipo de educación de la Universidad Libre del Ambiente. El primer encuentro fue experimental, con más curiosos y reparadores que objetos rotos. En la segunda edición se sumó Patio Mundo, una tienda-taller cordobesa que fomenta el estilo de vida sustentable, y en las siguientes se fueron agregando más organizaciones, más voluntarios y voluntarias, más gente, más cosas que arreglar. Hoy, en esa provincia se llevan concretadas ocho ediciones, cada vez más grandes y efectivas.

El Club tiene varios ejes u objetivos. Uno de ellos es promocionar la cultura del cuidado resaltando el valor de la sustentabilidad. El otro, fortalecer el empleo: antes de cada evento, las personas que lo organizan relevan reparadores barriales, los invitan a participar y promocionar sus servicios para promover el trabajo local de reparadores de oficio y de comercios que venden herramientas e insumos. También se busca que los encuentros se produzcan en diferentes barrios y zonas de cada ciudad.

Otro propósito es reducir la generación de residuos, mediante la promoción de una economía circular: el espacio propone pasar de una economía lineal de producción, extracción, producción, consumo y descarte, a otra en la que los desechos de un ciclo sean valorizados por el siguiente. La reparación es la primera R antes de reducir, reciclar y reutilizar.

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En los eventos realizados hasta ahora por el Club, se repararon 4.100 objetos, participaron 500 personas de oficios de reparación y 5.000 voluntarios. (Imagen: gentileza Club de Reparadores)

Cambiar las prácticas de consumo

En el mundo se generan más de 2.000 millones de toneladas de basura cada año, según el informe What a Waste 2.0 (Los desechos 2.0) del Banco Mundial. “La rápida urbanización, el crecimiento de la población y el desarrollo económico harán que la cantidad de desechos a nivel mundial aumente un 70 % en los próximos 30 años si no se toman medidas urgentes”, declara este documento que proyecta un futuro donde la normalidad sea convivir con basura. En la Argentina, según cifras del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Nación, cada habitante produce 1,15 kilos de residuos sólidos urbanos por día. En total, es una tonelada de basura cada dos segundos. Gran parte de la montaña de cosas que se tiran termina en vertederos, lagos, ríos, océanos y, todo eso, impacta en forma de contaminación y cambio climático.

En su último informe de evaluación, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) pone la alarma sobre la urgencia de detener la destrucción de ecosistemas y las emisiones de gases de efecto invernadero. A partir de esos resultados, la ONU declaró este año que “los efectos del cambio climático son irreversibles” y que “la actividad humana es la responsable”. La cantidad de basura que generan los habitantes de un país o región refleja las condiciones de producción y consumo de la sociedad. En este contexto, cambiar las prácticas de consumo no es una invitación, es una urgencia.

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La iniciativa se inscribe en el movimiento de “derecho a la reparación” que, por ejemplo, reclama que no se fabriquen objetos con obsolescencia programada. (Imagen: gentileza Club de Reparadores)

“A veces cuesta tomar conciencia de que los artefactos están hechos de minerales y materiales que tuvieron que ser extraídos de la corteza terrestre, que muchos no son renovables sino que son finitos, que esos procesos de extracción tienen un impacto enorme en los ecosistemas y comunidades y que la fabricación y el traslado de cada uno de esos aparatos implica un consumo de energía y una cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero”, reflexiona Scioli y señala la diferencia entre que un aparato dure dos años y que su vida útil se extienda a diez: “En términos de impacto ambiental, será significativo”.

El Club de Reparadores propone extender la vida útil de los objetos, evitar que se conviertan en residuos y, por lo tanto, combatir la cultura del descarte. “Reparar es una postura política, un mecanismo de lucha contra la obsolescencia programada y las prácticas de consumo que instala el capitalismo que impactan negativamente en lo ambiental, lo social y lo económico. Este club lucha contra eso”, aporta Magalí Gavier, una voluntaria del Club de Reparadores de Córdoba. “¿Por qué no fabrican las cosas para que duren más tiempo?, ¿acaso no tenemos la tecnología para lograrlo?, ¿a quién le conviene? ¿Cuántas cosas llegan a vos por semana, cuántas se van porque las tirás, porque vuelven a la tierra, porque regalás? ¿Cuántas podrían haberse reparado? ¿Sos consciente de eso?”, cuestiona.

Gavier es comunicadora social y no tiene ninguna habilidad en reparación, pero un día se acercó a un evento del Club de Reparadores por simple curiosidad y se quedó. “Para mí era inimaginable que personas que se dedican a oficios relacionados con la reparación se encontraran en un lugar, de repente, para arreglar cosas gratis o enseñar sus habilidades. Realmente sucede”, comenta. Estar ahí ―dice― le despertó algo, “una respuesta social a la forma de vivir y actuar”, una mayor conciencia ambiental que ahora busca contagiar: “No podemos seguir en un mundo donde compremos y tiremos sin parar y generemos más basura de la que soporta el planeta”.

El movimiento del “derecho a la reparación” crece con fuerza en el mundo y entre sus demandas está que grandes fabricantes de tecnología ofrezcan los componentes y manuales necesarios para la autoreparación de sus productos. Sin ir más lejos, Apple anunció recientemente que empezaría a vender las piezas, herramientas e instrucciones para que los usuarios y las usuarias de iPhone pudieran hacer sus propias reparaciones.

“El arquitecto Buckminster Fuller decía que nunca se cambian las cosas luchando contra la realidad existente, sino que para cambiar algo hay que construir un nuevo modelo que haga que el actual sea obsoleto”, aporta Scioli que, como las cordobesas, transforma desde el optimismo: “Creemos en lo colectivo, en hacer crecer esta iniciativa en el país, en la región, como forma de accionar: exigir el derecho a tener productos durables, con repuestos, acceso a manuales y herramientas para su reparación”, agrega. La aspiración del Club es hacer de la reparación algo deseable y posible.

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Esta nota forma parte de la plataforma Soluciones para América Latina, una alianza entre INFOBAE y RED/ACCIÓN

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