El costo de la democracia

El costo de la democracia

Nuestro pueblo tiene permanentemente grabado en su memoria, a sangre y fuego, el costo de ser un democracia.

Cierto que tenemos una democracia frágil y que nos ha costado mantenerla. Pero la lucha por la libertad, la justicia, el progreso y la democracia no se consiguen de la noche a la mañana.

Todos los días debemos avanzar y reafirmar esos valores, sabiendo que nos encontraremos piedras en el camino.

Exactamente pasa lo mismo con la paz. En medio de nuestra cruenta y triste guerra civil, que de una y otra manera vivía el resto de Centroamérica, nacieron los Acuerdos de Esquipulas II que marcan el inicio del fin del conflicto, y que se va a ver finalizado en 1992 con la firma de la paz.

Pero Esquipulas no detuvo de forma inmediata el baño de sangre, ni los asesinatos políticos (como los de la UCA). Los Acuerdos de Chapultepec silenciaron las armas, pero tampoco nos hicieron una democracia pacífica de un día a otro. Todo ha sido un largo proceso.

Por eso, resulta un insulto a millones de salvadoreños la ligereza e impertinencia del Presidente Bukele calificando de fraude los acuerdos de paz.

Sin los esfuerzos de tantísimas personas, durante muchísimos años, es probable que hoy seguiríamos mantándonos los unos a los otros, en lugar de escuchar con tolerancia y vergüenza ajena las idioteces de Bukele.

La paz que debemos construir día a día es una herencia de nuestros compatriotas muertos. Es una aspiración inacabada que demanda de nosotros reconocer su importancia y valorar de dónde viene.

No importa que Nayib Bukele haga alarde de su profunda ignorancia histórica y cívica. No importa el irrespeto a la memoria de las miles de familias que sufrieron y sufren por quienes ya no están.

Lo que importa es que gracias a la paz, podemos darnos el lujo de tener un presidente que dice estupideces y que la vida sigue.

Sigamos protegiendo el derecho que tenemos de elegir gente mezquina e ignorante. Eso es parte de la democracia.

Nada más recordemos también que esa construcción de paz y democracia nos obliga a aprender de nuestros errores y a ponerle más cuidado a quién sentamos en la silla presidencial.

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