De la admiración al desprecio

De la admiración al desprecio

Hace no mucho tiempo, cuando el mundo caminaba con su normalidad, Nayib Bukele lograba sonorosos aplausos dentro y fuera de El Salvador.

Sus ocurrencias, su estilo, llamó la atención de personas cansadas por el acartonamiento de los políticos de siempre. ¿A quién se le puede ocurrir gobernar por Twitter o tomarse un selfie en medio de un discurso solemne en la Asamblea General de las Naciones Unidas? ¿Cómo no apoyar al Bukele disruptivo y retador?

Pero, como dice el adagio popular: “siempre que pasa igual, sucede lo mismo”. Bukele no puede escapar de su propia egolatría y eso, demostrado una y otra vez por la historia, termina por cobrar una factura muy alta.

Siendo natural, los primeros en despertar del sueño hipnótico del presidente salvadoreño fueron las personas que no deben sufrir sus ocurrencias, día tras día.

Al igual que su sucedió con Trump, luego de las burlas, vinieron las loas, para terminar en preocupación.

Líderes y organismos internacionales empezaron a señalar la deriva autoritaria del novel mandatario. Sus constantes confrontaciones con las instituciones salvadoreñas dan prueba de ello.

La innecesaria y poco democrática toma del palacio de la Asamblea Legislativa por las fuerzas del orden al mando de Bukele, terminó de posicionarle en la columna de los bravucones de la región. Por desdicha, eso mismo pone a El Salvador en una senda que la aleja de la democracia que con tanto esfuerzo y tanta sangre, consiguió hace no muchos años.

Viéndose cada vez más reprochado por el mundo, en medio de una terrible crisis social y económica, Nayib recurre al típico libreto del líder autoritario que es incapaz de lidiar con sus errores: desquitarse con otros países que muestran mejores avances que su gestión y que, por comparación, socavan su autoridad.

Así, el presidente Bukele ya se enfrentó con México, Guatemala y recientemente con Costa Rica, entre otros. Pleitos innecesarios, que se suman a los que constantemente tiene con los tribunales salvadoreños, con el parlamento, con sectores económicos y sociales, etc.

Para afianzarse en el papel de autócrata incuestionable, Nayib golpea la mesa tomando decisiones para enfrentar a la pandemia, más por pose política, que por seguir criterios científicos. Eso no puede más que garantizar un desastre. Por eso, siguiendo a su homólogo nicaragüense, Bukele desapareció de las calles.

Desde el fiasco con el ingreso violento al congreso, Nayib dejó de verse en la calle. Era de imaginarse que, dado su populismo, el presidente visitara centros de salud y se mostrara cercano al pueblo que tanto confía en él. ¡Vana ilusión! Nayib Bukele se escondió para no enfrentar el fracaso de su gestión para contener la pandemia y sus efectos.

Así como el mundo ve realmente a Bukele por lo que es, así muchos salvadoreños empiezan a entender que sueño se convirtió en pesadilla, una que cada vez se pone peor.

Esperemos que aquellos que aun siguen encandilados por espejismo de Nayib Bukele, pronto tomen conciencia de la tempestad que tiene por delante, antes de verse en el ojo de un huracán que puede regresarlos a las más oscuras horas del pasado.

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